Israel y Palestina, 60 años de genocidio



Por Eduardo Bueno Vergara  

Los que nos dedicamos a la historia tenemos claro (o deberíamos tenerlo) que no es lo mismo la objetividad que la neutralidad. Por ejemplo, parece que cuando hablamos de la Guerra Civil Española, ésta consistió en una inevitable riña entre hermanos que a alguien se le fue de las manos. A veces se argumenta que en ambos bandos había gente buena, que en ambos bandos había quienes se vieron obligados a luchar sin saber por qué lo hacían, o que en ambos bandos se cometieron todo tipo de tropelías. Bien, hasta ahí llega la objetividad. Pero hay que recordar que los republicanos luchaban por un gobierno democrático y legítimamente constituido, mientras que los rebeldes lo hacían por un sistema autoritario. La República contó entre sus filas con las llamadas Brigadas Internacionales y recibió el apoyo de la sociedad civil, cuando los gobiernos europeos decidieron dar la espalda a un conflicto que anticipaba el ascenso del autoritarismo y la Segunda Guerra Mundial. El otro bando, el rebelde, era aliado de la Italia fascista y la Alemania nazi, algo que nunca podremos olvidar especialmente en Alicante, puesto que fueron los aviones de Mussolini los que perpetraron el bombardeo sobre población civil más salvaje de toda la guerra. El 25 de mayo de 1938, lanzaron casi un centenar de bombas sobre la zona del Mercado Central, dejando un rastro de 300 muertes y más de mil heridos.


En definitiva, no se trata de hablar de buenos y malos, sino de dejar claro qué posición defendía cada uno. La historia no tiene que juzgar, sino comprender y explicar.
En las últimas semanas asistimos a lo que parece ser un “enfrentamiento” o una “escalada de violencia” entre el Israel y Palestina. Otra vez la maldita equidistancia; la jodida neutralidad. Al parecer no hay causas. Simplemente es una espiral de irracionalidad que se está llevando por delante la vida de muchos inocentes. Israel –se dice- “inicia una ofensiva en respuesta al lanzamiento de cohetes por parte de Hamás”. Pero la realidad es otra bien distinta. Hay pocas cosas tan racionales como la guerra.
El Estado de Israel ha tenido muy clara su estrategia desde la llegada de colonos al Mediterráneo Oriental cuando aún estaba bajo protectorado británico después de la Primera Guerra Mundial. Esta estrategia no es otra que la expansión territorial a costa de la población palestina. Y ello basado en dos pilares, el apoyo internacional (o la neutralidad) y la superioridad militar que les confiere uno de los ejércitos más eficientes del mundo.
Una buena forma de entender hasta qué punto se ha desarrollado el expansionismo sionista, es comparando cómo hubiese sido un proceso similar si el estado de Israel se hubiera creado en la Península Ibérica, tal y como lo ha hecho Juan Segovia  en su cuenta de Twitter (@JuanSego82):



El siguiente vídeo ilustra a la perfección la colonización israelí de esa zona del Mediterráneo Oriental desde finales del siglo XIX.


Así pues, tampoco en este caso nos valen las equidistancias. No es una guerra, ni de Estados ni de Religiones, es un genocidio que dura casi sesenta años. Israel asegura que persigue el terrorismo, pero es bien sabido que el terrorismo no es una causa, sino que es consecuencia de algo. Jamás se puede justificar un acto terrorista, ni tampoco tratarlo como un hecho aislado, como algo fruto de la sinrazón, porque si lo hiciéramos así, ni se podría comprender, ni mucho menos acabar con él. Dicho esto, bombardear escuelas y hospitales, matar a casi dos mil palestinos civiles, muchos de ellos niños, no parece que sea una forma muy efectiva de combatir al terrorismo de Hamás, un grupo que, por cierto, fue visto con buenos ojos por el Estado sionista mientras dividía a la población palestina y restaba fuerza a Yasser Arafat y su organización Al-Fatah. Es la historia de la creación de un monstruo que se escapa del control del creador, un cuento que, por desgracia, ya nos han contado en otras ocasiones (recuérdese a Osama Bin Laden o Sadam Hussein).

El conflicto palestino-israelí tampoco es una historia de buenos y malos. Tragedias humanas hay a ambos lados del muro de la vergüenza (aunque muchísimas más en el lado palestino) y también a ambos lados hay personas que no conservan una gota de humanidad en su sangre. Pero no es ahí donde hay que buscar las causas, ni por supuesto, las soluciones. La causa del conflicto radica en la proclamación de un Estado judío en un territorio mayoritariamente árabe y en la vocación expansionista de Israel como modo para asegurar su supervivencia. Desde entonces, con el apoyo o la neutralidad de las principales fuerzas internacionales, y con el lamentable papel que ha tenido la ONU en este conflicto, Israel sólo ha tenido un objetivo y es asfixiar a la población palestina, hacer que desaparezca o que su presencia sea tan reducida que no suponga un peligro para la legitimidad del Estado judío.

Por ello el conflicto no se resolverá hasta que Israel no reconozca un estado Palestino en el que queden englobadas las zonas de Gaza y Cisjordania, y que permita a su población tener una soberanía y una dignidad de la que están desposeídas. Y eso será imposible si la comunidad internacional continúa dando la espalada a uno de los genocidios más largos de la historia.

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